La Unión Europea, el proyecto que no puede fallar

AIACE-España (Asociación Internacional de Antiguos Funcionarios de las Instituciones Europeas en España), con motivo del 76 aniversario de la Declaración de Schuman y del 40 aniversario de la adhesión de España y Portugal, alerta que, frente a los viejos fantasmas y las inercias internas, el proyecto de la UE no puede fallar.

Esta nota reflexiona sobre los logros del proyecto europeo. La paz entre Estados miembros es su mayor logro. Los conflictos en la periferia —ex-Yugoslavia, Ucrania y otros— muestran los límites y los retos del proyecto europeo. Europa no está libre de sus viejos fantasmas. El mayor peligro para Europa es la inercia institucional y política. Con el centenario de la UE en el horizonte de 2050, el tiempo para actuar es ahora.

Este 2026 marca cuatro décadas de la incorporación de España y Portugal a la Unión Europea. No es solo un aniversario simbólico: es el punto de partida de los próximos 25 años que desembocarán, el 9 de mayo de 2050, en el primer centenario del lanzamiento del proyecto europeo. Hay motivos para la vigilancia. Y los hay también para la ambición. En este 76.º aniversario de la Declaración Schuman, tres preguntas ordenan nuestra reflexión: ¿Cuál es el mayor logro de la UE? ¿Donde estarán los limites de su ampliación? ¿Qué reformas necesita para no paralizarse?

La paz como logro mayor —y como advertencia. La ausencia de guerra entre los Estados miembros sigue siendo el logro más extraordinario de la integración europea. Pero conviene ser precisos: ausencia de guerra no equivale a paz. Las guerras de Yugoslavia (1991-2001) y la invasión rusa de Ucrania —que comenzó con la anexión de Crimea en 2014 y se convirtió en guerra total en febrero de 2022— son el recordatorio más brutal de que el continente no ha superado sus viejos demonios. Estamos ante la guerra más devastadora en Europa desde 1945, con cientos de miles de bajas, millones de desplazados y escasa voluntad de pararla.

Sin la UE y la OTAN, Europa podría haber caído, una vez más, en el abismo de una guerra continental. La ruptura abrupta de la Unión Soviética en 1991 dejó un vacío de seguridad que se sigue sin saber colmar. Y sin embargo, la historia registrará como paradoja que cada conflicto en la periferia europea ha empujado, no frenado, el impulso de ampliación. Eslovenia y Croacia entraron. Montenegro y Albania negocian. Ucrania y Moldova se esfuerzan y los otros candidatos o pre-candidatos presionan. La pertenencia a la UE sigue siendo el mayor polo de atracción del continente.

La ampliación: ¿dónde está el límite? Desde los seis miembros fundadores del Tratado de París (1951) hasta los 27 actuales, la UE ha vivido ocho rondas de ampliación. Hoy, nueve países son candidatos o precandidato; dos de ellos en negociaciones avanzadas. El artículo 49 del Tratado es claro: “cualquier Estado europeo que respete los valores del artículo 2 puede solicitar el ingreso”. No es una cláusula técnica sino política. El articulo 2 es la declaración de principios de qué tipo de comunidad quiere ser la Union Europea.

A finales de esta década, la UE podría acercarse a los 30/31 miembros. En su centenario, en 2050, podría haber integrado a casi todos los países candidatos, con la posible excepción de Turquía y quizás Serbia cuyas trayectorias plantean interrogantes genuinos. La pregunta no es si la ampliación seguirá —seguirá— sino si los candidatos y las instituciones actuales se adaptaran lo suficiente para poder absorberla sin colapsar.

Las reformas: la condición de todo lo demás. Aquí reside el esencia del asunto. Una UE de 30 o 35 miembros con las reglas actuales seria una UE paralizada. Las reformas no son opcionales; son condición de supervivencia del proyecto.

Ciertos cambios, como eliminar la unanimidad, son ineludibles. La toma de decisiones por mayoría cualificada en el Consejo y la plena codecisión del Parlamento Europeo deben convertirse en norma constitucional, no en excepción. Las “alianzas de familias políticas” deberán ser sustituidas por auténticos partidos europeos con capacidad para establecer directrices vinculantes en la transposición de directivas. También habrá que garantizar el control democrático en los ámbitos de integración diferenciada —zona euro, política exterior, defensa— donde no participan todos los Estados miembros. Y si falta hiciera, abrir en los Tratados un Tratado inter-se que permita a un grupo mayoritario de Estados avanzar hacia una integración política más profunda, sin esperar a los rezagados. Estos son algunos ejemplos.

2050: la cita que no admite excusas. En veinticuatro años, la UE cumplirá un siglo. No muchos proyectos políticos llegan tan lejos. Posiblemente, ninguno lo ha logrado sin reinventarse. El mayor riesgo para Europa no es la guerra en su frontera, ni el populismo en su interior, ni tampoco la competencia de las grandes potencias. El mayor riesgo es la inercia: no ver la necesidad del cambio, creer que lo construido hasta aquí es suficiente para lo que tiene que venir, pues no lo será. Esto lo ha visto M. Draghi en su informe.

España y Portugal lo saben bien. Llegaron a Europa desde la periferia, tras de una guerra (en España) y décadas de dictadura, con la urgencia de quienes saben lo que se perdieron quedándose fuera. Cuarenta años después, son parte innovadora del núcleo de un proyecto que todavía puede —y debe— ser más grande, más justo y más capaz de proteger a sus ciudadanos. Ese es el regalo de aniversario que verdaderamente merece la pena.

Sección en España de la AIACE. AIACE es la Asociación Internacional de funcionarios jubilados de las Instituciones Europeas, representa a más de 15.000 miembros, 1.000 de ellos en España.

Contacto: Alexandra CAS GRANJE – alecg@aiace.es